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Invitaba san Benito a no anteponer nada al amor de Cristo. En primer lugar, porque ninguna consideración es más importante que la verdad del amor de Cristo por mí. Después, porque debo orientar toda mi vida a cuidar y acrecentar el amor que a Cristo le tengo. Ese amor se logra con el trato, y mucho ayuda también hacer continuos actos de amor, aunque parezca que solo son de boca.
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¿Por qué la gente que veía al santo Cura de Ars decía que veía a Dios? Porque tenía mucha gracia santificante. ¿Qué decir entonces de María, la llena de gracia? La gracia es la santidad, es la filiación divina, es la vida eterna. Un regalo del todo excepcional, que hemos de valorar y acrecentar. Animemos a los demás a vivir siempre en gracia y a cuidarla.
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“La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna” (Juan 6, 40). Podemos ver al Hijo con los ojos de la fe en la oración cósmica, en la que lo descubrimos como causa ejemplar, “por quien todo fue hecho”. Y también en su realidad encarnada, sabiendo que, al ser hombre, “se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos” (Santa Teresa).
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Jesús, cuando va de camino a la casa de Jairo y le avisan a este que su hija acaba de morir, el Señor lo anima diciéndole: “No temas, ten solo fe”. También nosotros: nada sino la fe es lo que precisamos. Busquemos que esté presente en todas las dimensiones de nuestra vida, comenzando por vivir inmersos en ella a lo largo de la jornada.
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Jesús habló con su Padre de nosotros. Le pidió para nosotros que no nos atrapara el mundo, aunque estuviéramos en él. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”, dijo san Juan en su primera carta. Vigilar si buscamos recompensas terrenas, o pretendemos brillar ante los hombres, o atarnos a la mundanidad. Queremos como recompensa el amor a Jesús.
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La memoria litúrgica de santa María Goretti, mártir de la pureza, nos invita a revisar la pureza de nuestro corazón. Nada manchado puede entrar en la presencia del Dios tres veces santo, por lo que hemos de vigilar hasta en los mínimos detalles en los que aparezca alguna contaminación de nuestro interior. Pensemos especialmente en la rectitud de intención con la que hacemos nuestras tareas.
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Dios se revela a Elías en un viento suave, casi un susurro. No en el huracán ni en el fuego ni en el terremoto. Aprendamos que Dios se revela en el silencio. El silencio no es mera ausencia de ruidos sino descubrimiento de una presencia, la presencia más real y verdadera de todas. “Recógete, busca a Dios en ti y escúchale”. Para esta meta, el silencio es imprescindible.
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Alegría, serenidad y consuelo saber que María es nuestro refugio. La etimología de esa palabra hace referencia a volver atrás, ampararse, buscar cobijo al advertir los peligros. Entonces retornamos al lugar seguro que nunca debíamos haber abandonado. Ella es el refugio de los pecadores; en su regazo encontramos la ternura maternal con la que Dios quiere perdonarnos para que continuemos felices y tranquilos en nuestro caminar terreno.
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En la memoria litúrgica de santo Tomás Apóstol meditamos sobre la fe. Virtud que está en el fondo de nuestro corazón y que podemos darla por supuesta sin intentar crecer en ella. ¿Cómo? Pidiéndola, manteniendo una oración continua y aplicándola en todas las circunstancias de la vida.
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La religiosidad popular llama “La Magnífica” a la oración pronunciada por María en casa de Isabel. Al elogio de Isabel responde María glorificando a Dios: Magnificat anima mea Dóminum!, “¡Mi alma glorifica al Señor!” ¡Qué fácil es que nuestras acciones “se contaminen” con la falta de rectitud de intención! Ejemplo clarísimo de Jesús: reafirma que no ha venido a hacer su voluntad sino la del Padre celestial. De otra manera, nuestras acciones no merecerán recompensa.
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San Pío X elevó al rango de Solemnidad la celebración litúrgica de la Sangre de Cristo, y declaró que la devoción del mes de julio se dirigiera también a la Sangre del Señor. En la reforma litúrgica del Vaticano II, la Solemnidad se unió al Corpus Christi, pero nada impide que fomentemos en este mes la devoción a la Sangre del Señor.
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“Huye del triste amor, amor pacato…”. Esta poesía de Antonio Machado puede darnos tema para nuestra oración. Porque el amor triste, el amor pacato, es el amor que se queda a medias, que no llega a la totalidad. Es triste que eso suceda en el amor humano, y más triste en el divino. Es la tibieza, que trae consigo infelicidad. Nos precavemos de ella con la contemplación y la oración de escucha.
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¿Por qué, desde antiguo, celebra la Iglesia en una misma Solemnidad a los apóstoles Pedro y Pablo? Encontramos diversos paralelismos: Rómulo y Remo, fundadores de la Roma antigua; Pedro y Pablo, de la Roma cristiana. Ambos regaron esa tierra con su sangre; ambos fundamentan la Santa Madre Iglesia, que nos engendra y nos lleva a plenitud, por ser la continuidad de Jesús en la tierra.
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Jesús dijo que, cuando fuera levantado sobre la tierra, atraería todo hacia Sí (Jn 12, 22). Podemos entenderlo referido a la Santa Misa: todo se resuelve en ella. El misterio de la muerte de Cristo se hace ahí presente. Ahí se conecta el Cielo y la tierra, ahí se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra relación con Cristo, nuestra unión con Él. Dejemos que todo lo que tenemos entre manos sea atraído por la Misa.
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El 27 de junio celebramos la conmemoración de la Santísima Virgen del Perpetuo Socorro. Su icono nos habla de la ternura con que tiene al Niño Jesús entre sus brazos, y nos sirve para preguntarnos si consideramos también su permanente solicitud por nosotros, en una ininterrumpida continuidad en el tiempo. Perpetuo: sin pausas y sin término. Testimonio del santo Cura de Ars.
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La santidad es el despliegue de la gracia santificante, que se hace mayor a medida de la intimidad que el alma logra con Jesucristo. El Señor nos lo explicaba con la parábola de la semilla que produce primero el tallo, luego la espiga. La semilla que muere es el alma que decide morir al pecado; el tallo es la consolidación en la gracia, la espiga sería el ejercicio de las virtudes y el grano la oración de amor contemplativo.
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Un día como hoy, pero de 1944, recibieron la ordenación presbiteral los tres primeros miembros del Opus Dei. Esta efeméride es una oportunidad para meditar sobre el don del sacerdocio. El santo Cura de Ars decía que, si durante veinte años se dejara abandonada una parroquia, los fieles acabaría adorando a las bestias.
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Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio de la luz. No era la luz, sino que debía dar testimonio de la luz. La Solemnidad del Bautista nos cuestiona sobre esta tarea, que es también la nuestra: ser precursores de Jesucristo, mostrarlo a los demás. Ante todo, con nuestra propia vida, en la identificación con la Persona del Señor.
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Juan Bautista envía a dos de sus discípulos a preguntar a Cristo si Él es el esperado. No porque Juan dudara, sino porque quiere que los suyos tengan un conocimiento de primera mano. Tal como hemos de buscarlo nosotros porque en Jesús, y solo en Él, tenemos la vida Eterna. La vida interior puede rondar siempre en la ascética, cuando esta no es el fin. Busquemos la unión de amor, y nos percataremos que sí, Jesús, es el Esperado.
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Mucho le agradó al Señor la petición que Salomón le hizo al comienzo de su reinado: ni riquezas, ni triunfos, sino sabiduría. El más alto de los dones del Espíritu Santo que nos permite no solo penetrar en las cosas de Dios sino también gustarlas. De esa manera, la persona se connaturaliza con las verdades de fe y siente con el sentir del Corazón de Jesús.
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