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La memoria litúrgica de santa María Goretti, mártir de la pureza, nos invita a revisar la pureza de nuestro corazón. Nada manchado puede entrar en la presencia del Dios tres veces santo, por lo que hemos de vigilar hasta en los mínimos detalles en los que aparezca alguna contaminación de nuestro interior. Pensemos especialmente en la rectitud de intención con la que hacemos nuestras tareas.
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Dios se revela a Elías en un viento suave, casi un susurro. No en el huracán ni en el fuego ni en el terremoto. Aprendamos que Dios se revela en el silencio. El silencio no es mera ausencia de ruidos sino descubrimiento de una presencia, la presencia más real y verdadera de todas. “Recógete, busca a Dios en ti y escúchale”. Para esta meta, el silencio es imprescindible.
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Saknas det avsnitt?
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Alegría, serenidad y consuelo saber que María es nuestro refugio. La etimología de esa palabra hace referencia a volver atrás, ampararse, buscar cobijo al advertir los peligros. Entonces retornamos al lugar seguro que nunca debíamos haber abandonado. Ella es el refugio de los pecadores; en su regazo encontramos la ternura maternal con la que Dios quiere perdonarnos para que continuemos felices y tranquilos en nuestro caminar terreno.
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En la memoria litúrgica de santo Tomás Apóstol meditamos sobre la fe. Virtud que está en el fondo de nuestro corazón y que podemos darla por supuesta sin intentar crecer en ella. ¿Cómo? Pidiéndola, manteniendo una oración continua y aplicándola en todas las circunstancias de la vida.
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La religiosidad popular llama “La Magnífica” a la oración pronunciada por María en casa de Isabel. Al elogio de Isabel responde María glorificando a Dios: Magnificat anima mea Dóminum!, “¡Mi alma glorifica al Señor!” ¡Qué fácil es que nuestras acciones “se contaminen” con la falta de rectitud de intención! Ejemplo clarísimo de Jesús: reafirma que no ha venido a hacer su voluntad sino la del Padre celestial. De otra manera, nuestras acciones no merecerán recompensa.
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San Pío X elevó al rango de Solemnidad la celebración litúrgica de la Sangre de Cristo, y declaró que la devoción del mes de julio se dirigiera también a la Sangre del Señor. En la reforma litúrgica del Vaticano II, la Solemnidad se unió al Corpus Christi, pero nada impide que fomentemos en este mes la devoción a la Sangre del Señor.
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“Huye del triste amor, amor pacato…”. Esta poesía de Antonio Machado puede darnos tema para nuestra oración. Porque el amor triste, el amor pacato, es el amor que se queda a medias, que no llega a la totalidad. Es triste que eso suceda en el amor humano, y más triste en el divino. Es la tibieza, que trae consigo infelicidad. Nos precavemos de ella con la contemplación y la oración de escucha.
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¿Por qué, desde antiguo, celebra la Iglesia en una misma Solemnidad a los apóstoles Pedro y Pablo? Encontramos diversos paralelismos: Rómulo y Remo, fundadores de la Roma antigua; Pedro y Pablo, de la Roma cristiana. Ambos regaron esa tierra con su sangre; ambos fundamentan la Santa Madre Iglesia, que nos engendra y nos lleva a plenitud, por ser la continuidad de Jesús en la tierra.
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Jesús dijo que, cuando fuera levantado sobre la tierra, atraería todo hacia Sí (Jn 12, 22). Podemos entenderlo referido a la Santa Misa: todo se resuelve en ella. El misterio de la muerte de Cristo se hace ahí presente. Ahí se conecta el Cielo y la tierra, ahí se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra relación con Cristo, nuestra unión con Él. Dejemos que todo lo que tenemos entre manos sea atraído por la Misa.
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El 27 de junio celebramos la conmemoración de la Santísima Virgen del Perpetuo Socorro. Su icono nos habla de la ternura con que tiene al Niño Jesús entre sus brazos, y nos sirve para preguntarnos si consideramos también su permanente solicitud por nosotros, en una ininterrumpida continuidad en el tiempo. Perpetuo: sin pausas y sin término. Testimonio del santo Cura de Ars.
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La santidad es el despliegue de la gracia santificante, que se hace mayor a medida de la intimidad que el alma logra con Jesucristo. El Señor nos lo explicaba con la parábola de la semilla que produce primero el tallo, luego la espiga. La semilla que muere es el alma que decide morir al pecado; el tallo es la consolidación en la gracia, la espiga sería el ejercicio de las virtudes y el grano la oración de amor contemplativo.
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Un día como hoy, pero de 1944, recibieron la ordenación presbiteral los tres primeros miembros del Opus Dei. Esta efeméride es una oportunidad para meditar sobre el don del sacerdocio. El santo Cura de Ars decía que, si durante veinte años se dejara abandonada una parroquia, los fieles acabaría adorando a las bestias.
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Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Vino para dar testimonio de la luz. No era la luz, sino que debía dar testimonio de la luz. La Solemnidad del Bautista nos cuestiona sobre esta tarea, que es también la nuestra: ser precursores de Jesucristo, mostrarlo a los demás. Ante todo, con nuestra propia vida, en la identificación con la Persona del Señor.
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Juan Bautista envía a dos de sus discípulos a preguntar a Cristo si Él es el esperado. No porque Juan dudara, sino porque quiere que los suyos tengan un conocimiento de primera mano. Tal como hemos de buscarlo nosotros porque en Jesús, y solo en Él, tenemos la vida Eterna. La vida interior puede rondar siempre en la ascética, cuando esta no es el fin. Busquemos la unión de amor, y nos percataremos que sí, Jesús, es el Esperado.
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Mucho le agradó al Señor la petición que Salomón le hizo al comienzo de su reinado: ni riquezas, ni triunfos, sino sabiduría. El más alto de los dones del Espíritu Santo que nos permite no solo penetrar en las cosas de Dios sino también gustarlas. De esa manera, la persona se connaturaliza con las verdades de fe y siente con el sentir del Corazón de Jesús.
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Al ver a María, la llena de gracia, se eleva nuestra autoestima. Quizá, si no tuviéramos la Revelación, diríamos con los literatos pesimistas que más nos valdría no haber nacido. En esencia, nosotros tenemos lo mismo que María: la participación en la vida de Dios. ¿La valoro? O estoy acostumbrado a ella que incluso la pongo en peligro. Hay otra vida que me vive, que me sostiene.
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Desde un monte –como para indicar la altura de su mensaje- Jesús pronuncia la enseñanza que viene a decirnos que podremos elevarnos sobre nosotros mismos y ser más que hombres. Parece decir: “hagan lo contrario de lo que hacen y empezará sobre la tierra la fiesta de la felicidad”. Hagamos carne de nuestra carne esta enseñanza, aunque tengamos que reinventar el alma.
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San Agustín encontraba en la frase El Verbo de hizo carne la esencia del proyecto de Dios. No solo por las razones salvíficas, sino también porque descubría ahí la invitación a que el hombre se divinizara. Nos servirá la comparación de los relatos de Tolstoi (El pastor y el rey), y Dostoievski (El Idiota), para comprender la diferencia de planteamientos. Sin la inserción en Cristo no podríamos vivir el Evangelio.
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“Jesús, a quien ahora veo velado, te pido que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu Rostro ya sin velos, pueda ser feliz viendo tu gloria” (Adoro Te devote). Es difícil captar la realidad del Cielo, pero tenemos el adelanto en la Eucaristía. Por eso la eternidad tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía: es viático, que ha ido sembrando el germen de inmortalidad.
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Lo importante es lograr el conocimiento del Señor Jesucristo. Y las personas solo se conocen personalmente, en los encuentros en los que advierte sus gestos y sus palabras. Jesús es, en su vida terrena, perfectamente coherente: no pide nada que Él no viva, a diferencia de los escribas y fariseos. Dice que seamos humildes y da ejemplo de esa virtud. Pide vigilar y orar, y Él se levantaba de madrugada. Se nos abren panoramas cuando unamos, a sus palabras, sus acciones.
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